¿En dónde estás Jesús?

¿En dónde estás Jesús?
En estos días hablaba con una persona que me contaba llorando su triste historia, seguramente fue más significativa para mí, porque en ella reflejaba la mía, la que viví hace unos años y que soporte durante otros tantos, esa que no quería soltar no sé por cuál razón, pero a la que me aferraba con garras y dientes como si no existiera otra posibilidad, de la que Jesús me libero a la fuerza ante la imposibilidad de liberarme de ella de otra manera porque mi ceguera era tal que en el infierno veía el paraíso. En esa liberación sufrí, pataleé, lloré, grité, me pregunté muchas veces por el paradero de Jesús, cuestioné su poder, lamenté mi pérdida y con ello hasta me arrastré a otras personas al lago banal de mi sufrimiento; lo que nunca vi en ese memento tan difícil fue que Jesús siempre estuvo conmigo, que la respuesta a esa pregunta era básica, sencilla, simple, Jesús sufría conmigo.
¿En dónde estás Jesús? Es una pregunta que muchos se hacen, sobre todo en los momentos difíciles que se presentan en la vida; a esa pregunta se le puede responder con otra ¿En dónde quieres que esté?
Ayer dirigiéndome a un grupo de personas muy creyentes, con una fe muy grande, el Espíritu Santo puso sobre mi atril el texto de la viuda de Naím, un texto que poco aparece en las predicaciones comunes, pero se abrió mi entendimiento y comprendí cosas que antes no había visto, me di cuenta que Jesús es detallista y para ir respondiendo la pregunta que titula este artículo, aparece en donde quiere, en términos muy coloquiales, aparece en dónde se le da la gana.
En este pasaje aparece en una población totalmente desconocida, una ciudad que no se nombra nunca más en el evangelio, Naím, quién se iba a imaginar que Jesús pasaría por ahí, además de pasar precisamente cuando iban de camino con un difunto, quién se iba a imaginar que en el camino del Mesías iba a estar un lugar fuera del mapa, en una situación nula para la mayoría, atendiendo a una mujer que lo había perdido todo en medio de una muchedumbre que venía pidiéndole mil favores, pero se detiene precisamente en ella, que también venía con otra cantidad de personas, quiere decir lo anterior que ante un millar de posibilidades, Jesús se detiene exactamente en quien lo necesita, porque te conoce, porque sabe lo que vives, porque se ofrece eternamente para ti.
Es extraño que le haya dicho 'No llores', al principio pensé en la psicología actual, pensé en que estaría en contra de esa frase, lo pensé por aquello de que nuestros avances en el tema hablan de la importancia del llanto para sanar; sin embargo, después vino a mi corazón que Jesús le estaba diciendo algo así como: 'No llores, yo estoy aquí, yo voy a hacer algo para que ya no tengas razones para llorar' y si lo relacionamos con la teoría psicológica que he mencionado, podríamos decir que Jesús hizo que su llanto se convirtiera en agua sanadora, porque Jesús convierte la tristeza en alegría.
Luego hizo algo que sorprendió a todos, tocó el féretro y le dijo al difunto 'levántate', el muerto se sentó y comenzó a hablar, es lógico que la muchedumbre reunida se sorprendiera por esta acción y se quedara con el hecho de que jesús resucitó a alguien, pero se olvidaron de reconocer el detalle que nos hace reconocer a Jesús como un eterno enamorado del desvalido, Jesús tocó, una acción tan simple, una acción tan sencilla, una acción tan humana, pero como siempre buscamos lo extraordinario de Dios y olvidamos lo ordinario que es donde más se manifiesta. Tocar, una acción que también tu y yo podemos hacer, tocar con amor, tocar con delicadeza, tocar con sentido humano, tocar la vida del otro con la finalidad de mejorarla.
Jesús tocó la vida de esta mujer viuda a la que su hijo se le había muerto, y desde ese día su vida fue diferente a como podría haber sido si no se encuentra por casualidad con Jeús, estaba destinada a una vida mendicante, pues no tenía esposo y ya no tenía hijo, las mujeres de esa época no tenían la oportunidad laboral abierta, era desdichada si no tenía algún hombre que la acompañara; podríamos decir que Jesús le dio un giro de 180 grados a lo que iba a pasar con ella, la hizo nuevamente digna, y lo hizo solamente con tocar.
Y tú, ¿qué esperas para dejarte tocar por Jesús?
